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Por qué Escribo

Siento que todo aquel que ha elegido como suyo el camino de expresión a través de las letras se ha hecho – al menos una vez – una pregunta semejante; al menos, muchos (si no todos) los maestros clásicos han dicho alguna vez algo al respecto. Si uno decide finalmente entrar en esto de literatura como algo más que un espectador, se encontrará a menudo con cartas como las de Rilke al joven poeta, mini-poéticas condensadas en decálogos que versan sobre como escribir un cuento, etcétera, etcétera. La lista es larga, y algunos la toman en cuenta. Otros no.

Comencé a escribir en la más pura inconciencia, y creo que no fue por prestar atención a la herencia de los viejos avatares; y, si alguna vez leí lo dicho por alguno de ellos, la cuestión terminó allí, en la “mera” empatía: en ese gratificante sentimiento de sentirse en la compañía de un semejante. Con todo, nada más. De algún modo u otro, me sentí diferente a ellos aún desde la ignorancia previa al lento descubrimiento; era como una especie de hermano gemelo, o un dios diminuto creado con extrañas facultades que compartían la raíz de los rizos del gemelo, pero que nacía y se nutría de ríos tributarios diferente. Siempre me he sentido disidente e inconformista en ese sentido.

Entonces primeramente diré que escribo porque lo contemporáneo no me seduce ni en forma ni en sustancia; escribo para desenterrarme a mi mismo, para tomar mis raíces y sentirlas presionar las palmas de mis manos: ver como se funden con mis huesos. Escribir para mí es una negación de la identidad auto-impuesta por lo que hoy es correcto: por lo que va con los signos que algunos parecen ver en los tiempos. Sin embargo no estoy protestando en nombre de los caídos o de los ídolos cuya hora llegó hace tiempo. Tampoco me siento consciente de la historicidad de mi mismo. Muy en el fondo, no escribo para estar de moda ni para dar a teóricos o académicos algo que decir acerca de mis historias. Escribir, en mi diccionario personal, es sinónimo de eterno redondo y avance permanente: un derrotero en círculos que a veces se vuelven extraños y tediosos – exasperantes –, por decir lo menos.


En un segundo momento diré que escribir no es únicamente ponerse en contacto con el gran Avatar del Tiempo, ni con los ecos hondos y graves que resuenan en las cavernosas oquedades del cementerio de los escritores caídos. Escribo única y simplemente porque un día me senté frente a una hoja de papel y descubrí que aquello estaba dicho y escrito en un momento del que yo no tuve conocimiento, pero que siempre estuvo presente en mi alma, y que ya se ha asentado como algo más que una opción. No creo mucho en la palabra de quienes afirman escribir por mero placer, aunque esto en verdad se a posible: mi versión es que el contar historias a veces es más que un parto tortuoso. La búsqueda de estilo es un peregrinaje por alfombras de vidrio. Duele y vuelve loco. Desgarra. Devora la carne con la lacerante carcajada del fracaso.

Y entonces comienzas a escribir, otra vez, y descubres que, aunque volverás a equivocarte, cada vez duele menos. Escribir es un paso a paso que puede durar una eternidad, pero yo lo hago meramente porque me gusta.